20 de febrero de 2015

La balada de los obenques.

A continuación os transcribo la segunda crónica de la travesía del Atlántico. En este caso se trata de la etapa que realizamos entre Lanzarote y Mindelo en la isla de Sao Vicente del archipiélago de Cabo Verde.

La balada de los obenques.

La segunda etapa de nuestro viaje la hemos empezado en Lanzarote y en ella recorremos las mil millas que separan esta isla canaria del puerto de Mindelo, en el archipiélago de Cabo Verde.

Alex Pasquín, un catalán afincado en Lanzarote, esperaba nuestra llegada en Playa Blanca para ayudarnos a reabastecer el barco y hoy, día de nuestra partida, ha hecho sonar la sirena de su velero para despedirnos mientras nos acompañaba en nuestras primeras millas.

Alex es un tipo especial, uno esos personajes de pantalán que no pasan desapercibidos. Largo, muy largo, delgado, pero fuerte, se mueve con esa languidez de los larguiruchos que raya con la descoordinación. Calvo ya, de piel curtida por el sol y por la mar, aparenta algún año más de los cincuenta y tres que ha cumplido. La mirada limpia, serena, sosegada y azul transmite calma a los que le acompañan y demuestra que no se equivocó hace veintidós años, cuando, como él cuenta, escogió vivir con calidad antes que con dinero o estabilidad laboral. Desde entonces se dedica pasear turistas en su velero y a enseñarles a navegar en las aguas azules del sur de Lanzarote.

Amigo de Urtzi desde hace años, puso a nuestra disposición tanto su tiempo, como su coloreada furgoneta que nos ha servido para reabastecer el barco en estos tres días que hemos estado en Marina Rubicón.

Tras dejar atrás a Alex bordeamos la costa de Fuerteventura y cuando las luces del faro de la península de Jandía nos quedaban por el través he hecho una última llamada a mi familia para despedirme, porque durante los siete días que tardaremos en llegar a Cabo Verde no tendré cobertura para hablar con Marta y con Emma. Las echaré de menos.

Veinticuatro horas después de nuestra partida, al sur de las Canarias, despedíamos el 2014 con una mala noticia. La Estación Radio de Las Palmas emitió un “MAYDAY” por el canal de emergencia informando del hundimiento, en paradero desconocido, de una embarcación. El aviso nos pedía mantener la alerta pues no se sabía el punto exacto del siniestro, pero bien podía coincidir con nuestra ruta.
Con esa perspectiva, y preocupados por la suerte que hubieran podido correr los náufragos, estuvimos toda la mañana en el exterior del catamarán buscando algún signo que pudiera indicarnos el lugar del accidente.

He oído y leído relatos sobre náufragos, incluso tengo un conocido que ha estado en esa situación y todos coinciden en que no hay nada más emocionante que ver la silueta de un barco que se acerca cuando ya te sientes perdido. Pero si eso es alentador, no hay nada tan descorazonador como verlo pasar de largo porque no hay nadie vigilando en el puente para poder verte.

Nosotros nada vimos, pero con la mar tan agitada por el viento y las olas rompientes que en ese momento afectaban a la zona, bien pudimos pasar a menos de cien metros de una persona sin advertir su presencia. Pensar que alguien podía estar en el agua, gritándonos sin que nos diéramos cuenta, me producía una tremenda angustia. Me imaginaba su situación, tan cerca que podría escuchar el viento silbando en nuestra jarcia y nosotros pasando de largo sin verle. Me imaginaba su indignación, su furor, su desesperación y sin embargo no podía dejar de intentar entresacar las notas del estribillo que el viento tocaba para mí silbando entre los cabos. Unos sonidos que me hicieron distraerme con el paso de las horas y pensar, que al no haber más llamadas, los supervivientes ya habrían sido localizados. No volvimos a tener ninguna noticia más.

Es curioso pero cuando el viento sopla entre los quince y los veinte nudos sobre los obenques y la jarcia en tensión, este barco emite un sonido triste, de baja intensidad. Una música de tono ululante y variados matices que parce repetirse con una cadencia determinada. Si supiese tocar algún instrumento me hubiera gustado componer una tonada con sus lamentos, con sus silbidos graves alternados con otros de tono algo más agudo, casi siempre repetidos, relajantes. Para mí, esta canción, que he bautizado como “la balada de los obenques”, es la que anuncia la mano amiga del viento que te empuja y la que te advierte, cuando sus lamentos lúgubres se tornan en aullidos alarmantes y agudos, que el viento está aumentando peligrosamente, que el barco va a empezar a crujir y que la mar se volverá estruendosa anunciando tormenta.

Y justamente eso fue lo que pasó durante la tarde del último día del año. La dirección del viento cambió y su intensidad subió. Un viento caliente procedente del desierto del Sahara y cargado de arena empezó a azotarnos al caer la noche. La altura de las olas fue subiendo y la superficie ya agitada, pero todavía ondulada del mar, perdió su relativa mansedumbre y fue transformándose en una línea quebrada de crestas rompientes y gran envergadura que nos quitó a todos las ganas de celebrar la Nochevieja y el Año Nuevo entrante.

Los movimientos del nuestro catamarán eran tan frenéticos, que Urtzi, a pesar de su maestría con los fogones, de su experiencia marinera y de la fortaleza física que le dan sus casi cien kilos de músculo, solo tuvo ganas de prepararnos una cena a base de tostadas de pan con aceite de oliva y jamón, unos embutidos y una tortilla de patata recalentada. También fue él el encargado de dar las doce campanadas con una cucharilla sobre la botella de cava medio vacía para que tomáramos las doce uvas, marcando así el fin del 2.014 y el principio de un 2.015 muy singular tanto por la cena, como por la compañía, como por el hecho de que serían las 9:30 cuando decidimos festejarlo, previendo que las condiciones meteorológicas empeorarían aún más y no merecía la pena esperar a las doce de la noche.

A las diez ya habíamos terminado con la cena y con los brindis, así que nos fuimos a la cama dejando a Piedad hacer la primera guardia. Todos menos ella empezamos el año durmiendo incómodamente en nuestros camarotes y dando saltos en la cama con cada una de las olas que golpeaban los costados del catamarán. Un principio de año en el que eché de menos a mi familia, a mi costumbre de recibirlo bien arreglado y aseado, con traje, camisa blanca, corbata, serpentinas y cotillón. Un año que empezaba con nostalgia pero con la satisfacción de poder estar haciendo una de las cosas que más me gusta; navegar.

A las doce y media, Piedad me despertó para relevarla. La vi bastante intranquila. El viento y la mar habían empeorado mucho y la silueta negra, enorme y amenazante de las olas dejaban al Temido bamboleándose entre paredes de agua de más de cinco metros. El barco aparecía sobre las crestas y se hundía bajo ellas moviéndose como un corcho arrastrado por un torrente de montaña mientras el viento lo empujaba con furia hacia adelante.

El fuerte vendaval y la mar empeoraron aún más durante mi guardia hasta alcanzar en ocasiones las proporciones de un verdadero temporal. La espuma nos asaltaba por el costado de babor y en la oscuridad de la noche, cegado por lo que yo creí que era niebla, la reducida visión solo me permitía adivinar una superficie blanca y quebrada, con enormes olas negras que nos adelantaban coronadas de espuma.

Así siguió toda la noche. A la mañana siguiente, el uno de enero de dos mil quince, pareció algo más calmado y seguíamos avanzando a buena velocidad hacia nuestro destino. A media mañana nos quedaban unas seiscientas cincuenta millas para llegar a Mindelo y las previsiones nos indicaban que la mejoría sería pasajera, pronosticando mar gruesa durante varios días. César, nuestro capitán, optó muy juiciosamente por variar el rumbo para disminuir así la fuerza de la embestida de las montañas de agua que nos caían encima. Con ello ganaríamos en seguridad y en tranquilidad. Entretanto yo no podía dejar de pensar en que si no habían rescatado a los náufragos del barco siniestrado ya debían haber muerto o estaría en una situación muy grave. Mal empezaba el año 2.015 para algunos.

Esa mañana descubrimos también que la niebla de la noche anterior era en realidad una espesa calima traída por un viento caliente, racheado y traicionero procedente del Sahara. La razón de esta especie de bruma que lo rodeaba todo, no era otra que la enorme cantidad de polvo del desierto que el viento traía consigo, envolviéndonos en una atmósfera pesada, seca y polvorienta y que acabó inundando al catamarán, tiñéndolo con regueros amarillos de arena mezclados con los cristales de sal que la espuma de las olas dejaban al correr sobre la cubierta.

Día tras día la travesía siguió esa misma e invariable tónica, con nuestro barco zarandeado constantemente por la mar y envuelto en una calima que apenas permitía ver el sol y convertía las noches claras de cuarto creciente en horas oscuras y sin estrellas. Alternábamos períodos cortos más o menos tranquilos, por decir algo (las olas nunca eran menores de tres metros y el viento raramente bajaba de los veinticinco nudos), con otros, más largos y casi siempre nocturnos, en los que el viento cargaba con fuerza hasta llegar a los cuarenta nudos y asociados con olas de hasta seis metros de altura y que casi nunca bajaban de los cuatro. Un verdadero temporal que chocaba contra nosotros mezclando el estampido de las rompientes, que se desplomaban sobre la popa del barco, con el impacto directo sobre el costado de babor de las olas que nos embestían transversalmente.

Por la noche los golpes de mar impresionan y el barco sufre y se queja con innumerables y profundos crujidos y ruidos que parecen hacerlo más frágil. De día, todo se hace más llevadero, pero las horas y el esfuerzo acabaron pasando factura a la tripulación. Unos lo manifestaron en forma lumbalgias y dolores musculares por estar constantemente corrigiendo con la musculatura el movimiento del barco, y otros con un mareo permanente, lo suficiente como para que apenas pudieran cumplir con sus guardias completas, eso sí, siempre con ánimo y con buena disposición.

Desde que salimos de Lanzarote no he podido tomar ni una sola posición correcta con el sextante. La calima borra el horizonte verdadero y la visibilidad apenas permite ver la silueta del sol en la parte mas clara del día, así que lo he intentado, pero en estas circunstancias el error en el cálculo de la situación del barco es enorme. Actualmente, gracias a los modernos métodos electrónicos de posicionamiento, podemos seguir la ruta adecuada para llegar a Cabo Verde, pero pienso las dificultades que tenían los antiguos marinos, cuando las tormentas o la niebla les impedían ver los astros necesarios para calcular su situación.

Cuanto miedo, cuanta valentía derrocharon y cuantas vidas y cuantos barcos se perdieron por culpa de la naturaleza agresiva del mar.

Noche tras noche y día tras día el viento y la mar nos han vapuleado seriamente durante esta travesía, pero al final uno se acostumbra a todo y nunca hemos perdido el sentido del humor. Personalmente me encuentro bien y solo hecho de menos no haber pescado nada desde el día de Nochebuena. Desde entonces arrastramos las líneas de pesca sin resultado. Pensé que habría que esperar a que la suerte nos sonriera para volver a comer pescado fresco.

Y así fue. El día cuatro de enero, a media tarde logré pescar un atún listado de unos diez Kg. de peso. Un precioso ejemplar gordo y de lomos muy rojos, aunque un poco insípido comparado con el bonito del norte o el atún rojo.

Recién pescado me puse a desollarlo para intentar ensuciar el barco lo menos posible y me sorprendió lo caliente que estaba su carne (los túnicos son los únicos peces de sangre caliente). Fue una sensación que no me disgustó, quizás no fue agradable en el sentido más propio de la palabra, pero si natural, primitiva diría yo. Fue como recordarme o reencontrarme con un acto atávico que nunca había experimentado, pero que debe de pertenecer al pasado cazador de mi especie. Creo que sentí esa relación de respeto y de admiración íntima entre el cazador y su presa muerta aún caliente. No me sentí ni cruel, ni culpable por estar troceando un ser vivo que aún palpitaba, fue simplemente como recordar algo olvidado.

Lo único a lamentar de este día de pesca es que Urtzi ha acabado también tocado físicamente y tiene una rotura de fibras en el hombro. Menos mal que hoy, cinco de enero, dentro de un par de horas llegaremos ya a Mindelo y allí embarcará otro tripulante con las fuerzas íntegras.

Desde Cabo Verde, tras dos o tres días de descanso para recuperar las fuerzas de los tripulantes, emprenderemos la última y más larga de las etapas de este viaje; 2.150 millas náuticas hasta la isla de Saint Marteen en la Antillas Menores. Queda lo más duro de nuestra aventura.

16 de febrero de 2015

Nochebuena en alta mar


Quiero pedir disculpas a los lectores de este blog por mi retraso, que no abandono, en la publicación de nuevos eventos. Este retraso ha estado causado por la preparación y realización de un viaje-aventura que me ha llevado a cruzar el Océano Atlántico a vela y ello ha supuesto varios meses, que entre la organización de la aventura y el viaje en sí mismo, me han impedido escribir.

No obstante, y para compensar dicho retraso, comienzo hoy a publicar una serie de cuatro crónicas en las que procuro relatar esta aventura esperando que sea del agrado de los lectores.

Comentar también, que estas crónicas, con algunas modificaciones, han salido publicadas en el diarío de León, aunque eso sí aquí las he procurado acompañar de algunas fotos más para que así los lectores puedan entender mejor lo que esta aventura ha supuesto.

Esta primera crónica se titula: Nochebuena en alta mar y dice así:

En la distancia se aprecian ya los farallones oscuros de la isla de Lanzarote que es el primer puerto que tocaremos desde que salimos de Cádiz. Solo nos faltan unas quince millas para terminar esta primera parte del cruce del Océano Atlántico a vela, y atrás quedan ya las aproximadamente seiscientas (unos mil ciento cuarenta kilómetros), entre Cádiz y las Islas Canarias, que hemos cubierto en estos últimos cuatro días y medio.




Durante este primer trayecto, tanto mis tres compañeros de travesía como yo, hemos estado lo bastante ocupados en mantener al barco con una buena velocidad, que el poco tiempo libre que nos quedaba hemos procurado simplemente descansar.



Aún así, cada día he conseguido robarle al sueño unos momentos para ir tomando algunas notas que ahora, antes de llegar a Marina Rubicón, en Lanzarote, tengo que apresurarme en redactar, para enviarlas al Diario de León vía satélite convertidas en una crónica que refleje los hechos más representativos del inicio de nuestro periplo.



La aventura comenzó el 21 de diciembre en El Rompido, provincia de Huelva, cuando el día veinte de diciembre nos reunimos César, el dueño y capitán del catamarán en el que viajamos, Carlos otro capitán que cuenta con la experiencia de haber realizado varios cruces del Atlántico, Piedad, su mujer y yo, para embarcarnos con destino a Cádiz. En el puerto de esta capital andaluza debíamos recalar para instalar un avanzado sistema de localización y seguimiento por satélite antes de salir con dirección a las Islas Canarias. Este sistema permitirá a un grupo de personas de apoyo rastrear nuestro barco durante todo el trayecto e incluso lanzar una señal de socorro en caso de accidente o naufragio. Y es que, a pesar de que nuestro barco es un catamarán a vela de casi quince metros de eslora y ocho metros de manga, ninguna embarcación de estas características puede considerarse completamente segura en un mar tan duro y peligroso como es el Atlántico Norte.



La casualidad y la ausencia de viento nos hizo detenernos, apenas unas horas después de nuestra partida, en Mazagón, en la desembocadura del Odiel, a solo unas millas de Palos de la Frontera, el punto desde el que un mes de agosto de 1492, hace quinientos veintidós años salió Cristobal Colón para descubrir América. Así pues el inicio de este viaje se puede decir que coincide con el del Colón, pero para mí comenzó mucho antes, quizás cuando era un chiquillo leyendo a Julio Verne y a Jack London o quizás más adelante enfrascado en las aventuras que Joseph Conrad narraba en sus novelas. Historias y relatos sobre el mar y los hombres que lo navegan que mi padre, un enamorado de los barcos, se encargó de consolidar transmitiéndome en cada puerto, en cada playa, mostrándome su atracción por la mar.



Hoy, después de cuatro días solos en medio de océano y con la costa ya a la vista, tengo que dominar la querencia “sensiblera” de volver a aquellos años de mi niñez, para enfrentarme al folio en blanco y obligarme a recordar lo acontecido desde nuestra salida, con un objetivo; contarles a ustedes puede todo aquello que pueda parecerles interesante y procurar entretenerles con esta crónica.



No ha sido una travesía fácil, y ya en el trayecto desde Mazagón hasta Cádiz el mar nos dio una muestra de lo que nos aguardaba más adelante, cuando navegando a una velocidad de ocho nudos y medio la niebla se cerró de repente dejándonos con un círculo de visión de escasos cincuenta metros alrededor del catamarán. Afortunadamente no nos cruzamos con ningún otro barco porque en esas circunstancias solo hubiéramos dispuesto de doce segundos para cambiar el rumbo y evitar una colisión.



Cambiar de dirección cuando se navega a vela a esa velocidad no se parece en nada a dar un volantazo en un coche para esquivar un obstáculo. Para hacer una trasluchada (virar) de manera controlada, hay que manejar al menos dos cabos y al mismo tiempo hacer girar al barco moviendo en timón en la dirección oportuna, que no siempre es la más obvia. Completar esa maniobra de manera coordinada precisa la colaboración y sincronización de al menos dos personas y si son tres mejor, con lo que es difícil realizarla en menos de un minuto. Hacerla sin control hubiera supuesto elevar exponencialmente la probabilidad de un abordaje o de graves averías.



Pero no todo es dureza y dificultades en la mar porque tras la niebla un sol resplandeciente nos acompañó hasta el puerto de Cádiz contribuyendo a mitigar el frío que la niebla y las bajas temperaturas (siete grados centígrados y 90% de humedad) nos habían metido en el cuerpo desde nuestra salida en El Rompido.



Durante toda la mañana del lunes, día 22 de diciembre, estuvimos colaborando con los técnicos en la instalación del AIS) y solo a la hora de comer nos enteramos de que, como todos los años, no habíamos tenido suerte con la Lotería de Navidad. Creo que a ninguno nos preocupó porque para nosotros la verdadera lotería ya nos había tocado al hacerse realidad el sueño de realizar esta travesía del océano Atlántico, que comenzaríamos a la mañana siguiente para adentrarnos en la mar durante casi cinco días en solitario hasta Canarias



En un barco de vela durante el día los tripulantes están organizados para llevar a cabo una labor específica, pero durante la noche se establecen turnos de guardia y solo queda despierta una persona que debe encargarse de controlar todo el barco y, en caso de necesidad, despertar al resto de la tripulación para realizarlas maniobras complicadas. A mí me tocó el primer turno de guardia de ese primer día de travesía entre Cádiz y Lanzarote. La noche resultó ser una noche sin luna que rodeó al catamarán sin remedio, de forma casi opresiva.



En una noche así cualquiera tendría la tendencia de encender una linterna para ver mejor y sin embargo, una de las cosas que todo navegante sabe, es que de noche, es mejor no llevar encendidas más que las luces obligatorias de navegación para acostumbrar la vista a la oscuridad. Una vez pasados quince minutos a oscuras la visión se adapta a la escasez de luz y aunque parezca extraño logra verse lo suficiente como para no necesitar ninguna iluminación.



Hacía tiempo que no navegaba de noche y esa primera guardia supuso volver a disfrutar de la impresionante visión del cielo nocturno de alta mar, un mundo de pequeños, pero brillantes puntos de luz. Siempre me ha gustado entretenerme en localizar la Estrella Polar y el resto de cuerpos celestes que los antiguos navegantes conocían para orientarse, y ahora estaba de nuevo observando estrellas de nombres míticos como Rigel, Aldebarán, Capela, Polux… Me sentí tranquilo, relajado y feliz rodeado de la soledad más absoluta, a más de cien kilómetros de cualquier otro ser humano, si exceptuamos a mis compañeros que dormían plácidamente en sus literas.



Una guardia no es nada especial. En nuestro caso son dos horas y media solos, vigilando no perder el rumbo, que el viento no arrecie, que no cambie de dirección, que el estado de la mar no empeore y sobre todo controlar que ningún otro barco se cruce en nuestro camino. Poco más se puede hacer. Si en nuestro rumbo apareciera un tronco, una red de pesca a la deriva o un enorme contenedor perdido, no podríamos verlo en la oscuridad y chocaríamos sin remedio. Así que es mejor no pensar en ello y confiar en que el mar es muy grande y en que la probabilidad de un choque con cualquier obstáculo es pequeña para poder así disfrutar de la soledad, de ese espacio inmenso, oscuro, bañado por las estrellas. Para poder sentir las ausencias.



Esa noche, después de mi guardia y cuando estaba profundamente dormido, me despertó el ruido de los cabrestantes trabajando y las voces del capitán. El viento había refrescado y soplaba el levante con fuerza. Las olas se encrespaban y la espuma nos rodeaba. Sin darme cuenta me vi trabajando a brazo partido y codo con codo con mis compañeros para conseguir dominar una vela tozuda que no quería dejarse gobernar. Nos costó trabajo vencerla, pero finalmente pudimos arriar la cantidad de trapo necesaria y el barco volvió avanzar equilibrado, rápido y seguro sobre unas olas de casi tres metros de altura.



Más relajado me fui de nuevo a dormir pensando que al día siguiente era Nochebuena. Me acordé de mi mujer y de mi hija. Lo hago constantemente. Pienso en ellas y me gustaría que hubieran estado aquí, conmigo, solos los tres y rodeados de belleza, de la seguridad que te dan las estrellas.



El día de Nochebuena discurrió de forma pausada. El catamarán devoraba millas y las olas atlánticas, redondas altas y alargadas nos alcanzaban por la popa elevando al barco primero, para dejarlo resbalar después por una pendiente de cuatro metros de altura en lo que es una especie de tobogán continuo. No dejo de pensar en mi familia.



Al oscurecer Urtzi, un gran cocinero, nos prepara la cena de Nochebuena a base de pan tostado con tomate, aceite y jamón, acompañado de un bonito que acabábamos de pescar y que sustituyó al tradicional besugo. Una botellita de vino y otra de cava alegraron el ánimo y la conversación evitó la morriña.



Esa noche, durante mi guardia, a pesar de estar muy lejos de tierra, en medio del Atlántico, hemos pasado muy cerca de lo que debía de ser un pesquero marroquí y hubo que permanecer alerta, porque alguno de estos pesqueros tiende redes viejas, no para pescar peces, sino para atrapar los veleros que como nosotros bajan hacia el sur para cruzar hasta el Caribe. Afortunadamente no nos ha pasado como a un capitán conocido por nosotros, que tras quedar enganchado con este método en las redes de un pesquero, fue abordado en lo que podría llamarse un acto de piratería encubierta.



El día de Navidad por fin el alisio se levanto fuerte y constante empujándonos rápidamente hacia el sur oeste. Con olas de tres metros y viento de veinte nudos ya estábamos acostumbrados a que el barco empezara a crujir, pero con treinta y treinta y cinco nudos de viento y olas de más de cuatro metros todo parece querer desencajarse. Las cuadernas rugen, las puertas parecen intentar desportillarse y el suelo y todo el barco tiembla bajo los pies con cada envite del mar. Al principio, la inquietud se apodera de uno, aunque poco a poco te vas acostumbrando al nuevo ritmo de vida, a caminar dando tras pies con las piernas abiertas como un compás y a agarrarte a todo para no caer al suelo o lo que sería pero al mar. Sólo el paso del tiempo te hace recuperar la seguridad a pesar de que olas de hasta cinco metro chocan contra los patines del catamarán, haciéndolo estremecer.



Todo el día de Navidad fue así; grandes olas y vientos fuertes que nos hicieron avanzar a una media de casi ocho nudos con puntas de velocidad de más de diez. El aullar del viento en la jarcia lanzándonos con fuerza hacia adelante y la velocidad que alcanza este barco impresionan.



El movimiento constante, los bandazos y las caídas por las pendientes de las olas hacen e1que el nuestro catamarán parezca por momentos una batidora en manos de los elementos. Todo se mueve. Todo a bordo parece adquirir vida propia y lo mismo rueda una botella que se arrastra un vaso o el plato de sopa escapa del control dejando un rastro de fideos por encima de la mesa.



Cae la noche y la oscuridad empeora la impresión haciéndote sentir que estas dentro de una lavadora con la centrifugadora puesta, así que una noche más paso la guardia, pero esta vez con chaleco, radiobaliza de emergencia y sujeto al barco para evitar que los tropezones y bandazos terminen en una caída. Todo se mueve. Solo las estrellas permanecen inmutables. Estamos a más de cuatrocientos km de nuestro destino y a pesar de todo me siento un privilegiado, tranquilo y seguro en un barco que se comporta de forma muy marinera y disfrutando de la libertad que te da la soledad.



Así pasmos el resto del tiempo hasta la madrugada del día 27 de diciembre en la que viento y mar nos dieron una tregua, una especie de bienvenida a Lanzarote que nos saludó con un espléndido día de sol. Por fin el calor del trópico sustituyó al frío del Atlántico. Esperemos que a partir de aquí y en dirección a Cabo Verde, que está a unas mil millas (dos mil kilómetros) de distancia, el tiempo sea más cálido y la brisa nos acompañe. Esa parte del viaje será para el siguiente capítulo de esta crónica







31 de octubre de 2014

El mito de Sísifo.

Esto lo escribí hace algunas semanas. Desde luego que la indignación y la desesperanza guiaron a la pluma y aunque hoy las sensaciones son muy distintas, el absurdo sigue y seguirá siendo una constante en nuestras vidas y por eso lo publico. Dije o mejor dicho, ayer decía así:

Desde hace unos días me invade una sensación triste, descorazonadora, diría yo.
¿Por qué? Nunca he creído en motivos o causas únicas y tampoco voy a pensar ahora que un estado de ánimo esté mediatizado por una sola razón, así que supongo que haya varios factores que influyan en nuestra actitud. Me pregunto… ¿Influirá mucho el otoño? ¿Y este tiempo oscuro y lluvioso? ¿La cercanía del invierno, quizás? ¿La indignación? ¿Quizás la desvergüenza, la desfachatez y el descaro en los abusos de tantos personajes públicos? o es ¿Es mi habitual tendencia a lo que yo llamo "el pesimismo objetivo"?

Sin duda, todo influye, aunque podría estar feliz y contento pensando en la nueva temporada de setas, en que los tomates y los pimientos de mi huerto están madurando, creyendo dque la justicia sitúa tarde o temprano a cada uno en su sitio, sintiendo que la indignación colectiva es útil o adivinando en el horizonte nuevos proyectos. En definitiva esperanzas, ilusiones que…

Quizás sea eso, que uno amontona esperanzas, que uno, cada día, se endereza un poquito mientras lleva un mundo pesado y pesando sobre la espalda y lo transporta cuesta arriba, para que una cosa u otra te lo derribe y lo haga rodar pendiente abajo obligándote a descender, de nuevo, caminado cabizbajo hasta la base, invadido por la impotencia, enfrentado una vez más a una realidad de la que solo se puede escapar volviendo a cargar con el mundo e intentar remontar una vez más la pendiente, empujando como un burro, para empezar a levantar la cabeza, a ver una luz, a sentir una cierta felicidad con cada paso hacia arriba, aún sabiendo que vas a volver a tropezar o a sentir una nueva zancadilla en cualquier punto de la ascensión que derribe tu carga y la haga rodar de nuevo dejándote con cara de imbécil entristecido.

¿Sentiría eso mismo Sísifo? ¿Cuándo fue consciente de su eterna lucha? ¿Llegó en algún momento a caminar solo por caminar? ¿Cuando tomó conciencia de su realidad? ¿Se le transformó la cara? ¿Fue desde el primer momento? ¿Qué sentía cada vez que su carga empezaba a rodar nuevamente cuesta abajo? ¿Rabia? ¿tristeza? ¿Decepción? ¿Estupidez? ¿Hastío? ¿Desaliento? ¿Llegó a caminar sin prisas?

Hace ya años que leí este ensayo de Albert Camus y quizás sea de nuevo el momento de releerlo. De momento, recordarlo hoy, me ha servido para empezar a bajar, cansado, de nuevo desde la cima, para pensar que una nueva piedra me espera en el valle. Una piedra redonda y traicionera que no será la última, que me hará concebir esperanzas y quizás sentir felicidad un instante antes de volver a verla rodar cuesta abajo tras la caída. Es curioso, pero suele ser siempre la misma piedra y solo muy de cuando en cuando puedes escoger la carga.

¿Futuro? Me imagino a Sísifo subiendo cada vez más lentamente, consciente de que solo antes de volver a tropezar, intuirá, una vez más, la existencia de algo que no se absurdo.

14 de octubre de 2014

¿Imitando a Eduardo?


Cuando creé el personaje de Eduardo para mi novela “Los caminos del agua” no lo hice a imagen y semejanza de mí mismo. Eduardo fue, más bien, la solución a un problema en el espacio y en el tiempo de la trama. Había que conectar dos mundos, Oriente y Occidente, y aproveché mi conocimiento de la medicina como profesión y de la navegación en solitario para crear un personaje que me permitiera hacerlo de manera creíble y un tanto romántica.

Sería estúpido si negara que, personalmente, y supongo que también otros autores, trasladé (trasladamos) de una forma más o menos consciente a los personajes buena parte de nuestras vidas, de nuestros deseos, de nuestras dudas y que probablemente dotara a Eduardo con la voluntad y el arrojo necesario para llevar a cabo un viaje arriesgado y peligroso, como el que describo en la novela, porque yo carecía de esas virtudes. Sin duda siempre he deseado cubrirme con la piel bronceada de la aventura, pero lo cierto es que no soy un tipo valiente, que se me intimida fácilmente, que cada vez que me enfrento a algo nuevo siento miedo y que me cuesta vencer ese temor. Por eso mis desafíos han quedado reducidos al ámbito de aventuras de andar por casa.

Pues bien, resulta curioso que si bien como autor modelé y dí forma a los personajes de la novela, ahora descubro que Eduardo, uno de los protagonistas, también me da forma a mí, su creador, y que me ha transmitido parte de su coraje, dándome fuerzas para embarcarme, como él, en una aventura transoceánica: cruzar el Océano Atlántico navegando a vela.

Desde luego que no es lo mismo. No voy solo en el barco (no tengo tanto valor como el personaje de mi novela), voy acompañado de tres amigos que tienen el mismo sueño que yo, pero contrariamente a Eduardo que no dejaba a nadie en tierra, esperándole en la orilla, yo me sumerjo en un mar de dudas porque dejaré a este lado del Océano a una mujer y a una hija, que, dicho sea de paso, son mucho más valientes que yo y deben quererme mucho al permitir que cumpla este sueño. Y aunque supongo que lo sospechen, el día que salga de casa para meterme en un velero de apenas quince metros y dejarme impulsar por el viento hasta El Caribe, sentiré, siento ya, una gran congoja, el corazón encogido por la despedida al ver en sus ojos el brillo de la angustia, la preocupación y el miedo, mientras yo me voy con la contradicción en el alma y seguro que luchando por contener las lágrimas.

Así que, si a finales de este año me veo en mitad del océano, rogando al cielo para que haya viento o para que se calme la tempestad, se lo deberé a Eduardo que desde las páginas de mi novela me creó como soy y, sobre todo, a mi familia, porque ellas tienen el valor, la osadía, diría yo, de confiar en mí, de permitirme participar en una verdadera aventura.

Leyendo esto, cualquiera puede pensar que estoy loco, que ¿quién me manda a mí, un tipo entrado en años y con el pelo ya tan blanco como la nieve, arriesgarme a cruzar un mar que puede destruirte, hacerte desaparecer en un instante?

Eso mismo pienso yo. Y eso mismo debe pensar mi mujer y mi hija… ¿Arriesgar tanto? ¿Para qué?
Quizás lo descubra en un barco…

17 de septiembre de 2014

Entrevista en el Diario de León

El domingo pasado, 7 de septiembre, salió publicada en la página central de Diario de León una entrevista que me hizo el escritor, profesor y amigo, Alfonso García. La transcribo a continuación.
También dejo aquí el enlace, por si alguien quiere ver la fotografía del artículo, aunque es un tanto antigua.

JOSÉ LUIS CONTY. MÉDICO Y ESCRITOR
POR ALFONSO GARCÍA

“Los caminos del agua” es la primera novela de José Luis Conty (León, 1957), que, además de testificar la presencia de un excelente narrador y contador de historias, confirma la tradición de médicos-escritores de la que es pródiga esta tierra. Fue finalista del Premio Círculo de Lectores 2014 y en ella hay una intensa mezcla de aventuras, amor, intrigas y sentimientos. En formato digital, se accede a su lectura en el sello arrobabooks.

- ¿Cuál es básicamente el hilo conductor de “Los caminos del agua”?
- Mi intención, en relación la trama de la novela fue doble, por un lado atrapar al lector, entretenerle y hacerle desear que las horas se alarguen para así poder seguir leyendo y por otro provocar sentimientos que le conduzcan a plantearse los porqués de la historia.
- Para ello escogí como formula la aventura, la intriga, con un fondo de personajes que entrecruzan sus vidas en relación con un hecho violento, un crimen.

- Esta es su primera novela. ¿Dónde se asientan las raíces de su vocación como escritor?-
No creo en las vocaciones, más bien creo en las influencias y en los sentimientos que piden ser desarrollados. Si hablamos de sentimientos, quizás la literatura pretenda expresar la necesidad que uno tiene de entretener al lector, de descubrirle algo o de provocarle sensaciones...
- Y si hablamos de influencias, escribir es una consecuencia de la lectura. Leer supone recrear con la imaginación la historia que otro ha escrito. Cada vez que alguien lee un libro lo reescribe de nuevo en su mente, y ese es el embrión del escritor. Después la influencia de quienes te han enseñado disfrutar leyendo o la admiración por quienes son capaces de contar bien una historia, hace que en un momento dado el lector pase de ser un escritor solo para sí mismo, a ser escritor para los demás.

- Contar historias parece una circunstancia familiar, de tradición oral, para muchas generaciones de leoneses. ¿Hay algo de esto en su caso?
- Sí, por supuesto. Pienso que si hay actualmente en León tantos y tan buenos escritores es en parte gracias a que mi generación y las anteriores aún pudieron disfrutar de esa tradición oral que sin duda les empujó a escribir.
- De niño, pasaba los veranos en San Cristóbal de Entreviñas, un pueblo entre León y Zamora donde mis abuelos ejercían de maestros, y mi abuelo Juan Antonio, que era todo un personaje, reunía por las tardes a vecinos y amigos en una tertulia, estilo filandón. Allí lo mismo se contaban cuentos, que se explicaba como había ido ese día la pesca o se relataban hechos reales y, en parte, mi interés en la escritura puede venir de esa tradición oral de los pueblos leoneses.

- Eduardo, uno de los protagonistas, es médico, igual que usted. Hay una notable tradición entre nosotros de médicos-escritores. ¿Esta condición proyecta alguna mirada especial sobre la condición humana?
- Para mí medicina y literatura pueden ser un intento de expresión de sentimientos similares y de ciertas influencias comunes. Es posible que a esto se deba el que un número importante de médicos acaben inclinándose por la escritura. Hay incluso casos de médicos, que como Pío Baroja, abandonaron la medicina para escribir.
- Por otra parte, la medicina permite acercarse al ser humano más directamente, quizás porque el paciente, a poco que esté comprometida su salud, se muestra al médico de una forma más sincera y puede que ese acercamiento sea el inicio de una cadena que despierte en el médico el interés, el análisis y finalmente la descripción de personas y situaciones.

- En la novela hay un fuerte contraste entre dos estilos de vida, el occidental y el oriental. ¿Qué define a uno y otro? ¿Cree que el nuestro es un modelo ya caduco?
- Actualmente las diferencias entre los dos modelos son cada vez menores. La globalización y sobre todo los medios de comunicación están occidentalizando a los orientales. Existen diferencias, claro está y pienso fundamentalmente que están en relación con el fondo religioso de ambos tipos de sociedad. Creo que el budismo ha influido en que los orientales tengan un carácter mucho más sencillo, más respetuoso, menos ambicioso, sobre todo en las áreas rurales. Pero desgraciadamente ese respeto por los demás, por la vida en cualquiera de sus formas que los siglos de tradición budista inculcaron en la sociedad oriental, se está perdiendo vencidos por la sed del consumo y el modelo asiático cada vez se parece más al nuestro.

- ¿Por qué Camboya como escenario?
- En realidad podría haber escogido casi cualquier otro país como escenario, incluso España, porque se trataba de poner de manifiesto las diferencias entre dos tipos de vida uno sencillo, rural, sin demasiadas ambiciones, respetuoso con la ecología y con las personas y otro, nuestro complicado modelo de vida, influido por las pretensiones de notoriedad, por el consumo exagerado, por la vanidad, la falsedad en las relaciones y la importancia de las apariencias tan típica de ciudades pequeñas como la nuestra.
- Lo que ocurre es que durante un viaje a Camboya me impactaron esa sencillez y esa alegría de la gente a pesar de vivir prácticamente en la indigencia, mezcladas con un ambiente en el que se dejaban sentir los flecos de la guerra del Jemer Rojo, la violencia y la monstruosidad del genocidio de Polt Pot y el budismo, que son para mí los determinantes de la historia reciente de Camboya.

- Parece que el mar es una de sus grandes pasiones, tal como puede deducirse por el tono y el lenguaje empleados…
- Por supuesto, estar cerca del mar es casi una necesidad. Puede que tenga algo que ver con la sensación de no verle los límites, con la pasión que mi padre nos trasmitió desde pequeños o quizás por el hecho de que junto con la montaña es uno de los pocos lugares donde una persona puede encontrarse completamente sola.
- Navegar en solitario o ir al monte solo es como un veneno, sabes que puede ser muy peligroso, pero no puedes dejar de desearlo a pesar de sentir la intranquilidad del peligro que supone.

- En la novela se advierte un tono de pesimismo, de frustración. ¿Vivimos en un mundo abocado a ese estado de ánimo, a ese sentimiento?
- Creo que ser objetivos implica cierto grado de frustración y de pesimismo cuando ves que este mundo no avanza por caminos más justos, más basados en la solidaridad, en sencillez y en la franqueza de las relaciones que los actuales. En pleno siglo XXI cientos de millones de personas viven en la pobreza más absoluta y la intransigencia lleva a los seres humanos hasta extremos tan brutales como las guerras, los crímenes o el simple desprecio, mientras se extiende el culto al dinero, al gasto sin necesidad, al consumo y a lo fácil por encima de la razón y de la cultura del esfuerzo. Creo que negar esa realidad supondría aceptar el mundo tal y como es, y yo no lo acepto. Puede que por esa razón la novela parezca tener ese tono pesimista que implica ser objetivo, pero no es así, al final pretende ser un canto a la sencillez y a la imaginación con la esperanza para poder cambiar lo que no nos gusta.

- Hay cuatro personajes fundamentales. Perfilarlos no es cuestión fácil. ¿Se rebelan alguna vez? ¿Desobedecen al autor?
- Efectivamente los personajes principales (Eduardo, Channa, Lilly y Saloth Yatay) digamos que representan fundamentalmente, y por orden, la frustración, la sencillez, la arrogancia y la apatía. Quizás no deba hacerlo, pero quiero descubrir aquí que, además de otros personajes secundarios, hay un quinto personaje principal tan importante como los otros, aunque no se trate de un persona. Es “la selva”, que se muestra, se ve, o se siente, de forma diferente según los personajes. La selva es una metáfora, y nuestra forma de ser, alegre y sencilla o complicada y misteriosa u opresiva y violenta, dependerá de cómo la percibamos.
- Respecto a la desobediencia de los personajes, no sé si le pasa a otros autores, pero es cierto que a mí, algunos me pedían cambios y tenía la impresión de que eran impuestos, como si los personajes estuvieran vivos y se negaran a adoptar un papel determinado. Lilly es un ejemplo.

- De uno de esos personajes uno resulta especialmente llamativo: Saloth Yatay. ¿Cómo logró construir su historia? ¿O es una historia real?
- No, todos los personajes son imaginarios, solo Pol Pot es real, aunque prácticamente todo lo que se relata sobre él en la novela es inventado.
- Construir a Saloth Yatay fue complicado porque quise dotarle con una personalidad definida por la guerra, por el adoctrinamiento desde la infancia para ser niño soldado y lo dibujé como un ser apático e indiferente. Eso podría hacer que el lector lo sintiera como un ser casi brutal y sin embargo mi intención era que le provocara la misma mezcla de sensaciones que a mí me provocó crearlo; una mezcla de fascinación, ternura y pena a pesar de la violencia que encarna.

- La literatura atraviesa, a mi entender, un mal momento, absorbida, en parte, por la escritura mediática. ¿Cómo ve usted el panorama en el que acaba de entrar?
- La literatura ha pasado de ser una fuente de cultura a ser un mercado y como ellos se ha globalizado. Leer, para la mayoría de la gente, es sólo una fuente de entretenimiento, algo parecido a la televisión o a pasar un rato paseando por un centro comercial. No niego que ese deba ser un aspecto muy importante en la lectura, pero desde hace años se lee fundamentalmente aquello que proporciona una distracción fácil y yo diría que “boba” y eso conduce a olvidar que además debería ser un punto de partida para pensar, para generar dudas, para aprender, para conocer, para emocionarse…

13 de agosto de 2014

La cabeza sirve para algo más que para pensar.


He salido a pasear con la idea en la cabeza de que uno de los motores del mundo es el amor. Sí, el amor.
Está claro que el estado de ánimo influye en la manera de razonar, de pensar y hoy es un buen día, es el primer día de mi convalecencia en casa después de salir del hospital y el primer día que me atrevo a salir solo. Pienso en mi mujer y en mi hija, en las personas que quiero y en las que me quieren…
Esta tarde no tengo grandes objetivos, solo caminar un poco y procurar evitar el dolor en mi pierna recién operada y por supuesto, un traspiés o una caída. Estoy bien… Sin compañía, sin prisas. La calle recta, estrecha, sombría, escoltada por casas antiguas, solitaria, recoge el sonido de mis pasos, cortos, lentos, torpes y el “clap, clap” metálico y repetido de las muletas al apoyarse en el pavés de la acera. El tiempo que me sobra después de analizar la rugosidad el pavimento, de buscar resaltes invisibles para evitar un tropezón, lo ocupo intentando agujerear mi cabeza. Algo, no sé muy bien qué, me desanima.
Sí, el mundo no se mueve solo. Millones de años hacen que esto no sea pura casualidad. ¿Cuántas madres, cuantas esposas, cuantos ladrones, cuanto egoísmo, cuanta supervivencia?
Soy muy lento. Nunca lo había sido tanto. Nunca los momentos y la calle pasaron por mi cabeza tan despacio. ¿O es al revés?
Me da tiempo para fijarme en todo. En todos. Una mujer se cruza en mi camino desde un lateral.
Sí, el reloj parece haberse detenido, y… O mi mente me está jugando una mala pasada, o he retrocedido más de cien años. Va enteramente vestida de negro, camina con agilidad. No debe pasar de los sesenta. Oculta el pelo, sucio seguro, con un velo negro. No. Miento, no es un velo. Es un pañuelo negro que apenas me permite verle la cara. Se protege del relente con una toquilla, como no, negra, que sujeta con ambas manos a la altura del abdomen. La falda larga, bastante por debajo de las rodillas, deja asomar unas piernas nerviosas y rápidas en su caminar, que cubre con medias negras. Usa zapatillas de felpa, de las de andar por casa. Negras, claro está.
La que supongo que es su nieta me devuelve al siglo XXI porque va jugando con un móvil de última generación, viste pantalones a cuadros rojos y no para de charlar.
La mujer la escucha y la mira satisfecha. No hace falta ser adivino para saber que la quiere.
¿Qué no haría esta mujer por su nieta? O ¿quizás fuera su hija?

Pienso que mi lentitud me permite ver mejor el mundo, sus anacronismos, sus rarezas.
La niña y su abuela van mucho más rápido que yo. Las pierdo. No pretendo seguirlas.
Me concentro en mi camino, un paso más, otro agujero desconocido que evitar... ¡Cuidado con el bordillo!
¿Qué más mueve el mundo?

Después de la vieja, un mendigo me recuerda al famoso cuadro de “Los jugadores de cartas”, de Cézanne. Un perfil de nariz prominente y pelo corto, grisáceo. La vista perdida sobre sus manos, mirando sin verlas. Las cartas transformadas en relucientes monedas sobre un platillo que sujeta con desgana. La silla y la mesa son la acera y la calzada. La espalda encorvada, la vieja chaqueta, un gorro achaparrado de color indefinido. Aparentemente nada debería recordarme al famoso cuadro, pero… ¿Es su perfil lo que aviva mi imaginación? No, es la indiferencia en el rostro, la falta de expresión, la mirada baja mientras a su lado pasan los transeúntes que me adelantan. Nadie se fija en él. Nadie le echa una moneda.
No puedo evitar pensar en Cézanne. Los colores apagados, el reflejo de la botella, la cabeza inclinada de los jugadores. Un mundo inmóvil.
El mendigo y yo nos miramos. No siento pena. Creo que él tampoco.
No hay brillo en unos ojos que, sin embargo, me obligan a desviar la mirada. Voy tan despacio…
No puedo girarme. Tampoco detenerme. Le dejo allí sentado.
¿La inercia es otro motor del mundo?

A pesar de mi lentitud he llagado al final de la calle, ensimismado. Un grupo de turistas alborotan en la esquina. Por encima de mi cabeza, desde los pasadizos que llevan hasta la cumbre de La Catedral, oigo más risas y una joven le grita a su novio que tiene vértigo.
Abajo, a la entrada, una cola divertida y bullanguera espera. Todos quieren ver lo que ofrece la vista desde arriba, y…
De nada sirve el título de lo que se ofrece: “La búsqueda de la luz”.
Las sensaciones, la búsqueda… ¿Otro motor?

Salgo de las sombras y el sol calienta mis pasos. Me detengo frente al escaparate de una librería. Repaso las últimas novelas expuestas. Junto a ellas libros de auto ayuda, algún poemario... ¿Más motores?
¿Hay motores inertes, impotentes?

Sigo adelante. Ya llevo más de media hora tratando de descubrir baldosas ausentes, boquetes por los que se cuele la punta de mi bastón, irregularidades, inestabilidades…
Alguien me llama. En una ciudad pequeña siempre hay alguien que te reconoce.
—¿Qué te ha pasado?
La pregunta era obligatoria y la respuesta evasiva y sin ganas.
No me siento ni bien, ni mal. Nada tengo contra el que se interesa por mi salud. Normalmente no me alegro de verle, creo que me molesta oír rechinar los goznes de sus ideas, pero hoy no tengo prisa. Intento descubrir sin resultado algún sentimiento en sus ojos oscuros, en su cara redonda, infantil y femenina. Los ojos de los locos son expresivos, tras ellos se oculta la febril actividad de un cerebro "hiperactivo" que se asoma con un brillo especial en su mirar. No es el caso, la simpleza implica el vacío tras las pupilas y eso me ha llamado siempre la atención. Descubrir las intenciones, los pensamientos, la maldad o la bondad en el rostro de una persona inteligente es difícil, pero tienes la seguridad de que hay algo. Una mirada pueril es inescrutable, enigmática.
Es el primer día que veo el mundo desde la lentitud a la que mis pasos me obligan, así que no pensaba entretenerme, pero…
Pero le acompañaba un tullido. Tan alto como un chopo y tan delgado como una escoba, con la expresión retrasada de un niño de diez años, aunque sobrepase los veinte. Estaba allí, apoyado en sus muletas, parado delante de nosotros y solo le miraba a él. En su rostro se reflejaba la admiración, brillaban sus pupilas y un gesto de adoración desarticulaba su boca dejándola constantemente abierta.
Mi amigo se despidió de mí. Iban más rápidos que yo, naturalmente. Ni uno ni otro se volvió para mirarme. El lisiado caminaba de lado mirando a su ídolo. Como yo utilizaba bastones para caminar y cada vez que levantaba un pie le daba dos patadas al aire con un gesto tan descoordinado que parecía imposible que lo repitiera con el otro pie. Y, sin embargo, los movimientos de sus pasos eran simétricos; la muleta primero, la pierna después elevándose transversalmente al desplazamiento, el pie que tras tratar de golpear al propio mundo dos veces seguidas conseguía afirmarse en el suelo, el apoyo del bastón contrario y el mismo escorzo con la otra pierna. Su cara no perdió en ningún momento la expresión de éxtasis. Sus ojos negros, incapaces de dirigirse hacia un escaparate, hacia la rubia imponente que pasó a su lado, continuaban encandilados, maravillados, fijos en el rostro del ser venerado.
¿Sentí envidia de aquel ser mitificado?
¿Es la envidia otro de los motores del mundo?

Hay muchos motores, pero ya no me importaban tanto…
Los dos sujetos se alejaban delante de mí hacia el parque.

Giré a la derecha. Otro conocido se cruzó conmigo. Alguien con quien me divierte jugar a "ver quién saluda a quién", esperar su ¡hola! poniendo cara de poker. Alguien que camina sin dificultad, con poderío, mirando por encima del hombro a cualquiera que se cruce con él. Alguien con quien no me gusta cruzarme.
Pierdo yo, claro está. Le miro fijamente y en el último momento, cuando ya no puedo aguantar más ni su mirada, ni la mía, esbozo un saludo breve.
No va deprisa y solo después de sobrepasarme, como quien se da cuenta tarde, se detiene y con chulería me suelta un ¿Que te ha pasado?
Respondo sin detenerme, alejándome a toda la velocidad que me permiten mis dolores.

La cabeza me da vueltas, continúa registrando a los viandantes, las fachadas desconchadas, los agujeros del suelo. Me empiezan a doler los músculos del muslo. Estoy deseando llegara a casa para pensar un rato sentado en mi sillón.

Acelero el paso lo que puedo y, cuando sólo la puerta del portal me impide llegar al merecido descanso, me percato de lo difícil que va a ser abrirla con las manos ocupadas por las dos muletas y sin poder apoyar la pierna enferma.
La solución parece evidente, no necesito pensar. Apoyo una muleta en el marco, equilibro mi peso entre el otro bastón y la pierna indolora y saco las llaves del bolso. Abro. Empujo la puerta, pero… No es posible. Uno de esos resortes que se colocan para que la puerta no se quede abierta me lo impide, de modo que en cuanto saco la llave vuelve a cerrarse automáticamente. Dudo un instante si debo atreverme a permanecer en equilibrio sobre la pierna sana y sin la ayuda de una muleta. No me atrevo. ¿Quizás deba usar uno de las dos para sujetarla? No funcionaría. La puerta se cerrará en cuanto separe el bastón para poder equilibrarme. Una idea surge rauda…
¡Utiliza la cabeza…!
Y eso hago, abro la cerradura con la llave, equilibrado sobre mi pierna buena y la muleta contraria. Entonces, antes de que se cierre automáticamente, me inclino hacia delante y apoyo la cabeza en centro en la puerta para detener el avance que la fuerza del resorte le imprime a esta. Después, mi cabeza le da a la puerta el empujón definitivo para abrirla y poder así entrar en el portal de mi casa.

Sí, me digo ¡La cabeza sirve para algo más que para pensar!


28 de julio de 2014

Por fin en casa.

Por fin en casa.

El pasado jueves días 17 de julio llegamos a nuestro puerto base, después de que mi hija y yo desandáramos las casi doscientas cincuenta millas que previamente habíamos recorrido bajando hasta Galicia.



Durante este viaje ha sido un verdadero placer ver como mi hija Emma, de catorce años, ha ido aprendiendo a moverse en el barco, a trimar el génova, a ayudarme con los amarres, las defensas, las comunicaciones por radio y sobre todo con su compañía, a veces callada, a veces sin callar, pero siempre ahí, a mi lado, sin ningún miedo, disfrutando incluso cuando el agua corría por encima de la regala.



Este está siendo un verano de sentimientos, compartiendo la soledad en el mar y viéndola emocionarse y brincar en el concierto de los Rolling Stones, con Mike Jagger corriendo por la pasarela del Santiago Bernabeu a pocos metros de nosotros.


Ahora está lejos, casi al otro lado del mundo, con una beca de estudios. No se enterará de esta última crónica que no sé porqué publico, porque en realidad la he escrito para mí, para mí placer y para recordar su imagen delgada, pero firme, mientras atacaba la manivela del winche con ganas y mantenía la vista fija en los catavientos del génova con su pelo rizado recogido en una larga trenza y el traje de aguas rojo de su madre (lástima que no pudiera venir también) que le quedaba grande y que hacía su figura aún más delicada. Una imagen que espero permanezca siempre en mi pobre memoria.



Este es el mejor regalo que mi hija me ha hecho; su recuerdo en una travesía que afrontamos los dos solos y que acabó con una de mis costillas rota, casi sin poder dormir por el dolor y con la dificultad que una lesión así supone para realizar la mayoría de los esfuerzos que cualquier maniobra requiere. Dolor y alegría, la que me proporcionó una frase de mi hija:

"Papá, lo único que quiero que dejes en herencia el día de mañana es este barco"

Bonito final para esta historia.

Autor: Un padre muy orgulloso de su hija.



12 de julio de 2014

Última etapa de la Peregrinación Marítima a Santiago

La Primera Travesía Xacobea ha terminado hoy con la llegada a las instalaciones del Club Náutico de Puerto Cruz. Aquí se han reunido hoy las dos flotas, la procedente del Mediterráneo cuyos peregrinos han llegado en barco desde Génova, en Italia y la que ha seguido la Ruta Norte, que tras concentrar en Avilés a embarcaciones asturianas cantabras y europeas, se desplazó a Ribadeo para unirse a la flota gallega y desde allí tomar oficialmente la salida y recorrer unas trescientas millas hasta llegar a este precioso y novísimo puerto de Cabo Cruz.

Hoy la etapa ha sido corta, de poco más de cinco millas para los que conocían la zona y que atajaron entre el laberinto de piedras que es la Ría de Arosa y unas diez millas para el resto, pero todos están felices de haber logrado llegar hasta aquí.
Han sido, tanto para unos como para otros, días duros, llenos de esfuerzo, de lucha, de averías y de pelear contra los elementos, que no han sido precisamente favorables.

Para los peregrinos marinos que han llegado hasta aquí, navegar en las tranquilas aguas de las rías gallegas es un verdadero placer por las condiciones tan espléndidas de navegación que suelen ofrecer, un relax que se convertirá de nuevo en adrenalina cuando, tras recibir la Compostelana tengan que emprender el regreso hacia el Cántábrico y el Mediterráneo, rebasando unos Finisterre y la Costa da Morte y otros el Cabo San Vicente o el Estrecho de Gibraltar, pero esta vez seguramente con el viento y la mar en contra, y en condiciones seguramente mucho peores, tal y como se prevée según los avances meteorológicos.
Mañana ASNAUGA, los organizadores de esta Primera Travesía Náutica a Compostela, trasladaran a todos los peregrinos en barcos más planos hasta el puerto de Padrón desde donde partirán con autobuses hasta Santiago de Compostela y cumplir allí con la tradición de darle una cabezada al Santo Apóstol y recibir como premio la certificación de su peregrinaje. Pero estoy seguro que el mayor premio que todos recordaremos serán estas jornadas de navegación entre amigos, complicadas y duras, pero felices por haber hecho nuevas amistades o reencontrado a los ya conocidos.

Este es el fín de un camino y el principio de otro. El fin de mis crónicas como peregrino. Gracias a todos los que me han ayudado, especialmente a Ana Couto por cederme alguna de sus fotos. Todos hemos comprendido que la mar y el Camino son mucho más que una peregrinación, son encuentro de culturas y de personas diferentes. Esta primera Travesía Náutica a Santiago abre un nuevo camino para llegar a Compostela y para llegar a uno mismo. Muchas millas náuticas que han unido y seguirán uniendo a las gentes que han surcado estos tres mares; el Cantábrico, el Mediterráneo y el Océano Atlántico.

10 de julio de 2014

Peregrinación Marítima Xacobea, etapa de Portosín a Riveira 10/7/14

Hola amigos, a pesar de estar ya preparando el regreso y de no hacer estas últimas etapas con la flotilla de esta Primera Travesía Marítima Xacobea, la tecnología me permite estar con contacto con las tripulaciones que han podido continuar y completaré mi trabajo con estas dos últimas crónicas que faltan.
Por fin hoy ha sido un día en el que la flota no ha tenido que madrugar. Hoy tocaba recorrer las casi treinta millas que separan Portosín de Riveira y como ayer el viento ha soplado con fuerza pero noble, empujando a las embarcaciones hasta su destino, esta vez ya dentro de la Ría de Arosa.
Riveira, tierra de castros y de petroglifos es el mayor puerto pesquero de bajura de España y también y el de mayor producción de marisco, siendo además muy conocida por sus playas y por ser la puerta de entrada al Parque Nacional de las Islas Atlánticas y a la ría de Arosa en cuyo fondo se encuentra la villa de Padrón y el final de esta peregrinación.
La navegación, de nuevo con vientos portantes (que entran por la popa) ha vuelto a ser cómoda y rápida a pesar de los veinte nudos de viento, que supones casi cuarenta kilómetros por hora, y que han catapultado a los veleros a un ritmo de seis a siete millas por hora hasta su destino.
La dificultad de esta etapa estaba, además de la propia navegación por el océano hasta la entrada de la ría, en el difícil acceso a la Ría de Arosa, una zona con múltiples piedras y arrecifes, que afiladas como cuchillos suponen un grave riesgo para los cascos de fibra de vidrio de las embarcaciones. Cesta dificultad ha hecho que los que no conocían bien la entrada a la ría hayan tenido que rodear la Isla de Sálvora aumentando así un poco el recorrido.
Hoy la etapa ha sido corta y mañana prácticamente será testimonial ya que solo se recorrerán diez millas de Riveira a Puerto Cabo Cruz final de esta aventura y lugar de encuentro con la flota de barcos que desde Génova, en el Mediterráneo, recorre la Ruta Mediterránea de esta travesía y que ya han llegado también prácticamente a su destino y sin demasiados incidentes.
El cansancio de tantos días acumulados de navegación hace mella en las tripulaciones, pero todas las tardes se reúnen para recuperar fuerzas y comentar las aventuras de la jornada en torno a las viandas con las que los Clubs náuticos a los que se llega ofrecen a los peregrinos marítimos. Así que desde estas páginas nuestro agradecimiento a todos los clubs náuticos, empezando por el de Ribadeo, con Ramón Acuña su presidente a la cabeza, el Club Náutico de Viveiro, el de Ares, el de Camariñas, el de Portosín y finalmente este de Riveira y el último, mañana, el de Cabo Cruz, que se han esforzado y nos han tratado con mimo y con todo el cariño de aquellos que saben lo que es la mar y las dificultades que suponen travesías como estas.
Enhorabuena a los clubs, a Asnauga, los organizadores y muchs gracias a Ana por sus fotos.
9/7/4. Club Náutico de Portosín. Ría de Muros y Noia.
Las embarcaciones que participan en la Primera Travesía Marítima Xacobea han cubierto hoy una etapa de 35 millas entre Camariñas y Portosín. La meta está muy cercana, solo a unas treinta millas, en la Ría de Arosa, pero hoy quedaba por salvar el último gran escollo; cruzar el Cabo de Finisterre.
Las condiciones fueron duras, más si cabe que los anteriores días. Los vientos, que sobrepasaron los treinta nudos, han obligado a los patrones de las embarcaciones a navegar “a la francesa”, es decir, usando sólo la vela de proa para que la fuerza que el viento ejerce sobre la vela mayor no pueda atravesar el barco en la mar y contra el oleaje, lo que sería un peligro.
Ayer la organización de la travesía nos llevó a visitar el Faro de Cabo Vilano, en plena Costa da Morte, y su farera, la primera mujer y las más antigua que ostenta esa profesión, nos contaba que sufría cada vez que veía como los veleros como los nuestros se enfrentaban a los temporales y no es para menos, Meteo Galicia había avisado de este temporal y aunque nuestra flotilla de barcos llegó sana y salva a su destino, la embarcación de Salvamento Marítimo de Camariñas tuvo que salir al rescate de un velero de unos once metros al que el temporal reinante acababa de dañar severamente, destrozando sus velas y su piloto automático. Era realmente impactante ver el lastimoso estado en el que quedo el barco, después de que la naturaleza descargara sobre el su fuerza,
Hoy será la última crónica que escribamos desde el Rotán que, con pena, tiene que retirarse de la travesía sin terminarla, para poder regresar a su base. Aún nos quedan por recorrer las mas de doscientas millas que nos separan de Luanco y si seguimos hasta el final las condiciones meteorológicas previstas para la zona pueden impedirnos llegar a tiempo para reincorporarnos al trabajo.
Pero esta no será la última crónica de esta peregrinación marítima Xacobea, A partir de hoy, un compañero, Antonino García, embarcado en una de las dos goletas que participa en la regata, terminará el reportaje narrando las aventuras de los dos días de navegación que faltan para llegar a Puerto Cruz, punto final de esta travesía.
Tanto mi hija Emma, autora de algunas de las fotos que han acompañado a estos reportajes, como yo, nos sentimos apenados, pero contentos con la aventura que emprendimos ya hace casi quince días y desde aquí queremos darle las gracias a ASNAUGA, la Asociación de Clubs Náuticos de Galicia que con tesón, esfuerzo, buena voluntad, amabilidad y toda clase de facilidades para con los participantes ha conseguido organizar con éxito esta Primera Travesía Xacobea que hoy termina para nosotros pero que esperamos se repita. Desde luego nosotros, con algo más de tiempo, intentaremos regresar el próximo año.
Enhorabuena a ASNAUGA por esta iniciativa que ya es una realidad.
En nuestra memoria quedan grabadas las sensaciones vividas, el gusto de tantos buenos momentos y mientras escucho aullar el viento y silbar los obenques, siento que no vamos con el deseo de volver para disfrutar otro año más de la compañía de los buenos navegantes y mejores amigos que han compartido con nosotros esta aventura que se ha convertido en toda una experiencia para un padre y una hija que han navegado y continuaran navegando por estos difíciles mares y que nos han ayudado a entendernos mejor.
Las dos próximas crónicas se la escribirá Antonino García, así que gracias también a ti, Antonino, por terminar este trabajo que empecé con placer y termino con pena, la de no podercompletarlo .
Desde el Roatán saludos de Emma y José Luis Conty.